Cuando la gestión preventiva se queda en piloto automático
Por: Carlos R. Flores - director ejecutivo Cambio Cultural
Algunas organizaciones se sienten muy conformes y confiadas
en que su desempeño en seguridad -prevención de accidentes- tiene un nivel óptimo.
Incluso, algunas -y que ciertamente he podido ser espectador desde dentro-
exhiben ciertas conductas de superioridad ante otras, equivalentes a pura jactancia
corporativa.
El punto es que estas organizaciones mantienen su supuestamente
envidiable desempeño en seguridad bajo un silencio de diseño, evitando compararse
con otras compañías que, de una manera abierta, sí hacen y logran mayores y
mejores resultados.
Cuando se hacen algunas preguntas mínimas, se puede
interpretar que estas se manejan en su zona de confort, evitando cuestionar su
propio sistema de gestión, y que, entre menos se indague… será mejor, porque así
se evitarán cuestionamientos molestos o atrevidos.
El problema es que estas organizaciones viven anquilosadas
en su desempeño tradicional, el cual, más que todo, se encuentra fijo en piloto
automático, sin progreso alguno.
Estas ven siempre con aprehensión a las revisiones
independientes o auditorías externas, porque sus rituales de gestión han
devenido en ejercicios pasivos, complacientes; de lo que se conoce hoy como falsos-positivos
de seguridad: liturgias inefectivas y más bien curiosas, las que colindan con
el ridículo debido a su ineficacia, aunque no exentas de un posturismo con
ribetes pintorescos.
Hay organizaciones cuya gestión de seguridad se nutre viciosamente
solo con información interna, ritualizada, sin comparativos, sin referencias a cuál
debería ser su desempeño potencial, y no seguir midiendo solo sus propios
registros históricos; estas navegan en la inmediatez de sus resultados tradicionales
“llevamos X años sin accidentes”, siendo esta frase una evidencia que revela un
culto a una deidad que no existe, puesto que no hay nada más peligroso que encomendarse
a algo tan incierto como las estadísticas, ya que, en el fondo, estas conforman
el tipo de mentira más mendaz, pero que muchos siempre disfrutan con sus encantos
y veleidades.
¿Qué factores podrían identificarse como obstructores para
que una organización de Alta Confiabilidad Operativa -que ejecuta tareas con
riesgos especiales- pueda subir de nivel en Seguridad?
Además del culto onanista a los “X años sin accidentes” -que
son una medición masoquista de los resultados de la más reciente falla
organizacional- se reflejará allí, latente y sin pudores, la cultura de la culpa.
Recuerde por favor el resultado de algún accidente que haya
acontecido en su empresa, y logrará observar este fenómeno de la cultura de la
culpa como un juego compulsivo que acude posteriormente a un incidente.
La normalización de las desviaciones -término que fue acuñado
por Diane Vaughan a raíz del accidente del trasbordador espacial Challenger- es
una conducta que describe las prácticas inseguras o peligrosas son gradualmente
aceptadas como “normales” -o más bien, normalizadas- cuando ellas no son
corregidas de manera inmediata. Estas conductas pueden observarse en detalle en
variados ambientes, siempre como precursores de accidentes, ya que estos
comportamientos tolerados son su base o caldo de cultivo.
Enfoque en cumplimiento mínimo para no ser multado. Esta
conducta siempre evoca lo que alguien llama “el síndrome del extintor en el
vehículo”, el cual consiste en que para “cumplir con la norma de referencia”,
se consigue un extintor de tamaño diminuto, el más barato, el cual solamente
sirve para decir “aquí está el extintor”, pero cuyo funcionamiento a la hora de
una situación crítica en que se tenga que utilizar, resultará en un chiste cruel
por su inutilidad o insuficiencia. Recordaremos entonces, y con no poca amargura,
que nos autoengañamos con una ilusión.
La comunicación inefectiva o inadecuada es también un factor
principal en los fenómenos de causación de accidentes. Este mecanismo tan
importante es muy poco revisado de forma crítica: de cómo sus propios
departamentos e interfaces de trabajo internas se comunican entre sí, o con el personal
contratado que realiza trabajos con riesgos especiales. La comunicación
inefectiva crea brechas o fallas en el cumplimiento de estándares, expectativas
y puntos de cumplimiento específico en las tareas. Por ejemplo, la referencia al procedimiento
tal, como si este fuese una entidad en sí misma, sin comunicar expectativas
acerca de los detalles particulares de la tarea contemplada en el
procedimiento, sin verificación de aspectos medulares de peligro, es a veces
una invitación a esconder información o a entorpecer el proceso natural y normal
de consultar sobre aspectos de una tarea, mucho más allá de lo que diga el sacrosanto
procedimiento. Es una falla típica de
supervisión aludir al procedimiento sin haber proporcionado una revisión de
este con la persona a cargo de ejecutarlo, para verificar que ha sido
correctamente entendido.
Hay una especie de Síndrome de Especialización que impide progresar
y alcanzar niveles de ejecución y desempeño superiores en prevención. Este se
refleja cuando el resto del personal asume que los tópicos de higiene y
seguridad son materia única y potestativa del encargado de higiene y seguridad:
¡falso! Esta es una responsabilidad de la propia línea de negocios y debe ser
considerada parte integrante y fundamental de los requerimientos de calidad de
una tarea.
Se deberá indagar siempre sobre cuál es la mejor forma de
realizar un trabajo o una tarea que contenga riesgos especiales inherentes. Hoy
nadie tiene excusa de no tener información precisa al alcance de la mano sobre
la forma más correcta de gestionar la tarea de riesgo, y precisamente, desde la
propia línea de responsabilidad de quien ejecuta esa tarea.
La falta de comparación de nuestra propia gestión de
Seguridad es, con frecuencia, una limitante que impide que podamos mejorar
nuestros propios índices de Seguridad, por lo que, como ya se dijo antes, evitamos
hacer comparaciones.
Hoy día, para cualquier industria, existen indicadores internacionales
de desempeño en seguridad, en donde uno puede hacer benchmarking con estos indicadores
de desempeño para obtener conclusiones sobre su propia gestión.
Por último -y no menos importante- un limitante
significativo es un proceso pobre o poco estructurado de la investigación y
análisis de accidentes dentro de la empresa. Algunas organizaciones cuentan con procesos y
métodos empíricos que siempre desembocan en el consabido y burdo resultado de: acto
o condición inseguros, para explicar las causas más relevantes de un incidente.
Este resultado, por donde quiera que se vea, es una evidente falta de
iniciativa y de rigor profesional, ya que
las lecciones provenientes de la investigación y análisis de un
accidente, son siempre perlas de sabiduría preventiva, para que las organizaciones
no cometan los mismos errores y omisiones, pero sobre todo, asumir que el valor
fundamental de este proceso es entender por qué el sistema falló; que los
individuos alrededor del incidente consideraran como seguro, válido, procedente
y adecuado, un factor o factores que resultaron en una pérdida, lesión física,
o bien, en el deterioro de la reputación corporativa.
La falta de asesoría y de “ojos frescos” es también un
elemento que debe ser ponderado en su necesidad de ser suplementado, ya que las
empresas y organizaciones pueden experimentar varios sesgos cognitivos en relación
con su propio desempeño, descubriendo, a posteriori de un incidente
catastrófico, que su supuesta fortaleza en la gestión preventiva era solo una ilusión
hilvanada por la falta de cuestionamiento interno a los rituales, al más de lo
mismo, a las liturgias y falsos-positivos de seguridad, que en tantos casos de
referencia, resultaron ser solamente ejercicios
de futilidad y de intrascendencia.
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