Aquel canalla encantador
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Fue en aquellos tiempos remotos cuando empecé a trabajar en el área de Seguridad. De eso, hará ya más de tres décadas. Cuando ingresé a esa empresa aquel individuo era ya toda una leyenda, pero del lado oscuro, si este término se puede utilizar para colgar de allí todo lo cuestionable en la gestión de la seguridad. No era alguien brillante. Pero sí, para algunos, taimado y astuto, e indudablemente, muy útil.
Detentaba una gerencia funcional en donde él se sostenía desde hacía años no por competencia, sino porque resolvía problemas incómodos, tales como “arreglar” indicadores clave, calmar auditores, maquillar cifras, alterar registros. Era un verdadero doctor en la fabricación de actas diversas, ya sea de capacitación o de minutas de reuniones que solamente habían existido en su imaginación. ¡Ah!, pero no se engañe usted, señor ingenuo: este individuo era una verdadera eminencia gris.
La empresa -o más bien, quienes fueron sus sucesivos superiores- le toleró por su capacidad de proteger un malentendido General Interest -el interés común-, ya que sus fabricaciones e intervenciones constituían un resguardo valioso para ocultar negligencias mayores que le podían quemar el derrière a su superior o a algunos del alto mando gerencial.
No lo recuerdo con inquina, ni mucho menos pretendo hacer una queja velada; no, nada de eso. En ocasiones, me resultaba simpático. Era alguien más como puede haber muchísimos granujas que, a la larga, podrían resultar tipos más bien legendarios por sus fechorías, pero también, catalogados sin discusión como verdaderos artistas de su oficio.
Hoy me dio por recordarlo, aunque no sé por qué.
Era de mediana estatura, blanco, de cabello corto y negro, de contextura un poco abultada como la de esos frailes regordetes que evocan ciertas viñetas, y que casi siempre denotaban un apetito voraz. Tenía ojos vivaces y gestos muy ceremoniosos. Encarnaba una intachable urbanidad y buenas maneras, sobre todo, con las mujeres jóvenes, las de su predilección.
Si se trataba de proteger los indicadores de accidentalidad, aquel funcionario, Don Evaristo -y le llamaré así por esta vez- era todo un crack. Ante él, no había accidente de trabajo que fuese reportado y considerado como tal. Aquel gerente usaba toda su creatividad -que no era poca- para negar, descalificar, desvirtuar, desvanecer cualquier rastro o señal de accidente que hubiera acontecido. No importaba si estos eran casos calificados, en donde era harto difícil ocultar la evidencia, por haber quedado el operario internado en un hospital, o peor, ya dentro de un ataúd. Lo mismo para un derrame de producto cuya noticia ya se había publicado en los medios. Era entonces cuando aquel ejecutivo era valorado no tanto como Don Evaristo, sino como San Evaristo, por sus refinadas artes en torcer milagrosamente cualquier resultado desfavorable en una narrativa de éxito, diluyendo así cualquier reporte al staff corporativo de un accidente grave o situación ambiental catastrófica.
Si el accidentado se había caído de algún andamio, allí aparecía la carta de renuncia de aquel -expuesta y firmada con varios días de antelación- en donde el lesionado ya había renunciado a la empresa, por lo cual, no había ocurrido accidente alguno, puesto que él no era empleado al momento del accidente, ni tampoco miembro de brigada alguna de su selecto grupo de incondicionales, los dueños de las empresas contratistas.
De manierismos elegantes, vestía sacos de tonos claros y corbata. Lucía en una muñeca un reloj de tamaño desmesurado, que, según él, un conocido expresidente se lo había obsequiado.
Era hábil en hacerse pasar por un gran devoto de la seguridad -muy conveniente esto, por ostentar una gerencia en ese campo- pero más singular parecía cuando se presentaba como supuesto defensor del personal. Su lenguaje evocaba un tono pastoral: “por el bien de la empresa”, “para no perjudicar al trabajador”, eran sus frases frecuentes. Era un verdadero scholar en las técnicas para despedir a alguien argumentando “medidas de seguridad”, o como “recurso de protección colectiva”, y quienes, casi siempre, eran personas que de alguna manera se habían opuesto a sus designios o resistido sus veladas extorsiones. Tenerlo de enemigo era una condición equivalente a suicidio administrativo.
Recuerdo con sentimientos encontrados, acaso por el contexto de ese tiempo, que él manejaba aquel famoso y a la vez temible “Libro Negro”, en el cual consignaba los fallos y agravios personales de aquellos que no le eran afectos. Escribía con evidente placer en ese alto cuaderno de tapas negras durante las reuniones de evaluación de desempeño, en las que, por su cargo, él tenía voz y voto para proveer retroalimentación sobre el evaluado, decidiendo muchas veces un ascenso, o, por el contrario, para quienes él detestaba solo porque sí, les promovía un enterramiento administrativo, veto que de seguro culminaría con el posterior despido.
La alta accidentalidad en la organización era un secreto a voces, pero que Don Evaristo gestionaba con destreza en las famosas reuniones de seguridad. Allí él presentaba carpetas impecables llenas de formatos de inspecciones, de actas administrativas, de nóminas de entrenamiento con sus participantes (pocos sabrían que los nombres y apellidos él los obtenía del listado de morosos del sistema bancario nacional, que en ese tiempo eran escarnecidos haciéndolos publicar en los periódicos). También exhibía aquellos accidentes graves pero que fueron “reclasificados” oportunamente como casos banales de primeros auxilios, aunque todos recordaran alarmados la sirena de la ambulancia y la premura de los paramédicos que ingresaron ese día al plantel.
No vaya usted a creer que esto que hacía Don Evaristo era considerado como malo; no, para nada. Cesare Lombroso, aquel médico y criminólogo italiano, afirmaba que “El hombre ha nacido bueno, es la sociedad la que lo corrompe”, esto, como una dicotomía filosófica para cuando a uno, acaso con soberbia, se le antoje juzgar una acción del prójimo. También este fenómeno ocurre por los artefactos del poder mismo. Entiéndase, por el dinero o sus sustitutos.
La preocupación colectiva de aquella afiliada fue la auditoría externa de Seguridad, la que tomaba lugar cada cuatro años. La anunciaron desde las oficinas regionales casi que con un tono apocalíptico.
No pocos ejecutivos de la gerencia regional conocían de las fabulaciones de reportes que se confeccionaban en la afiliada, muy a contravía de la ética corporativa que se predicaba que debía regir en todas las actuaciones del personal. Fue entonces que desde el corporativo decidieron realizar ese ejercicio de manera muy detallada, escrupulosa e implacable.
Don Evaristo se preparó para el reto encomendado. Elaboró un material de divulgación ultrasecreta para que no hubiese detalle que no estuviera allí cubierto para recibir, interactuar y proveer de información a los auditores. Ese ejercicio sería la cúspide de su gloria, y tristemente también, antecedió a su caída administrativa.
Recepción en Salón VIP del aeropuerto, regalos personalizados, giras al Vale Tutti -un night club y burdel disfrazado- fueron algunas de las cortesías y regalos para el equipo de auditoría, compuesto exclusivamente por varones. “Contrapartes” o “ayudantes administrativas” fueron también provistas para el equipo, siendo el denominador común los exuberantes atributos físicos de aquellas que Don Evaristo denominaba en clave: “nuestras ninfas”.
No pocos aseguraron que algunos de los entrevistados en las oficinas administrativas eran actores locales contratados, al igual que a los que Don Evaristo dispuso en los planteles y otros lugares donde fueron transportados los auditores, para que inspeccionaran el nivel de seguridad tan acendrado del personal.
Algunos, con certeza que aún recordarán las abultadas carpetas que fueron dispuestas en la mesa con información impecable, la perfección de las actas redactadas, el detalle prolijo de los procedimientos operativos, la documentación tan escrupulosa que se le presentó al equipo. Todo era de otro nivel... pero absolutamente maquillado, por supuesto.
Los testigos que a los auditores aseguraron ser colindantes de la planta, juraron con lágrimas en los ojos acerca de la bondad del personal de esta en atender sus necesidades comunales. Hubo lágrimas legítimas de aquellos que, agradecidos infinitamente, identificaban a Don Evaristo como el arquitecto de una responsabilidad comunitaria ejemplar -y no solo para el país- sino que todo un modelo a implementar en la humanidad entera.
Pese a los pronósticos sombríos que ya se habían traducido en apuestas entre el personal -algunas de hasta de elevado monto-, los resultados de la auditoría salieron “in flying colors”, según juzgó el rubio auditor líder del equipo al calificar aquel altísimo nivel de excelencia operacional.
Innegablemente, el héroe del año había sido Don Evaristo: salvó a varios de consecuencias graves, y no solo de un despido seguro, sino que hasta de algo peor.
Un año más tarde -ya en las postrimerías del remate de aquella planta- Don Evaristo fue separado de su cargo. Se descubrieron algunas anomalías administrativas que habían traspasado ya la frontera de las “inconsistencias”, que era el eufemismo administrativo para señalar pillerías y otros fraudes con los fondos asignados al presupuesto de su departamento. Esto aconteció cuando la empresa estrenó una nueva gerencia general, la que no se anduvo con contemplaciones.
Al haberse apagado su estrella protectora, Don Evaristo fue despedido sin miramientos.
Se supo después que intentó convertirse en consultor, pero al parecer, careció de la disciplina de desarrollar materiales propios o de investigar metodologías distintas a las que, de manera invariable, eran solo los machotes y viejas presentaciones de su antiguo trabajo.
La última vez que de casualidad lo vi fue -pocos años después de su terminación- a la salida de un colegio privado, en donde alguien una vez mencionó que él fungía como asistente de profesor de secundaria.
Me pareció impactado por los años y más excedido de peso. Su cabello, totalmente blanco, lo hacía parecer un abuelo bonachón. Le vi salir, venir en mi dirección, aunque fingí no verle para evitar pláticas complicadas. No obstante, él se detuvo justo frente a mí y me quedó viendo. Supe entonces que no me reconoció. Me preguntó con notoria preocupación: “Señor, ¿qué hora tiene?”, mientras ajustaba su enorme reloj de pulsera.
Mecánicamente, le di la hora aproximada, ya que no quise ver mi reloj.
“Muchísimas gracias, joven”, me respondió con excedida amabilidad al terminar de ajustar su reloj y continuar su camino, siempre con aquel aire de un canalla encantador.
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